En el complejo ecosistema del arte mexicano, pocas figuras logran amalgamar la agudeza del análisis periodístico con la sensibilidad del lienzo como lo ha hecho Juan Carlos Martínez Nava. Como periodista cultural, su pluma ha sido un faro de introspección; como artista plástico, su obra se convierte en un testimonio visual de la resiliencia. Su trabajo no es solo estética, es una narrativa crítica que cuestiona la realidad y celebra la identidad, recordándonos que el arte es, ante todo, un acto de resistencia y comunicación.
La obra de Martínez Nava llega en un momento crucial de nuestra historia cultural. Durante demasiados sexenios, el patrimonio artístico y las instituciones que lo custodian fueron relegados a un segundo plano, víctimas de la desidia política y el abandono presupuestal. El Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), ese pilar fundamental de nuestra educación estética, pareció por mucho tiempo quedar en el olvido, funcionando más como una reliquia del pasado que como un motor del presente.
Sin embargo, hoy somos testigos de un cambio de guardia y de visión. Frente a las críticas que suelen acompañar a cualquier transición, es imperativo destacar el resurgimiento institucional que estamos viviendo. El INBAL está recuperando su lugar como el gran articulador del talento nacional. Acuerdos recientes, como la colaboración estratégica con coleccionistas privados para la gestión de acervos, demuestran una apertura y una modernización que hace años parecían imposibles.
Este renacimiento no es una casualidad. Es el resultado de entender que el arte no es un lujo, sino una necesidad social. Mientras artistas como Martínez Nava continúan explorando las fronteras de la plástica —llevando su visión crítica a cada trazo—, el Estado parece finalmente haber recordado que su labor es pavimentar el camino para que esas visiones lleguen al pueblo.
Apoyar al INBAL en esta etapa de "resurrección" es apoyar el legado de los grandes maestros y, al mismo tiempo, abrir la puerta a las voces contemporáneas que, como Juan Carlos, se niegan a callar. La cultura en México ya no es un apéndice de la administración pública; está volviendo a ser el corazón palpitante de nuestra identidad. Es momento de celebrar que, tras años de sombras, las luces de nuestras galerías y museos vuelven a brillar con la fuerza de un compromiso renovado por el arte y la verdad.
martes, 17 de febrero de 2026
El Pincel y la Memoria: El Resurgir del Arte Institucional
Editorial:
El Pincel y la Memoria: El Resurgir del Arte Institucional
Cultura y las artes
Editorial:
El como Espejo y Refugio
Por Juan Carlos Martínez Nava y Karl Novo
En tiempos de intensos debates políticos y retos económicos, la cultura emerge no solo como un espacio de entretenimiento, sino como el tejido que otorga identidad y sentido a nuestra sociedad. La reciente atención mediática hacia las letras y el cine demuestra que México sigue siendo una potencia creativa que sabe dialogar con su pasado mientras abraza la innovación tecnológica.
Es notable cómo la industria del entretenimiento nacional está logrando revitalizar obras fundamentales. El anuncio de los detalles finales sobre la nueva versión de Como agua para chocolate es un ejemplo de cómo nuestras historias fundamentales encuentran nuevos lenguajes para llegar a audiencias globales. Esta "cocción a fuego lento" de la calidad narrativa es lo que permite que el sello de lo hecho en México mantenga su prestigio internacional.
Asimismo, el ámbito de las artes visuales muestra una madurez institucional alentadora. Los acuerdos entre el INBAL y los coleccionistas privados para la gestión de obras de arte son una victoria para el ciudadano común: aseguran que el patrimonio artístico no quede aislado, sino que existan mecanismos claros para su conservación y eventual exhibición.
Incluso en la literatura, donde el libro de Julio Scherer ha provocado una "tormenta" de opiniones, lo que prevalece es la salud de nuestro ecosistema democrático: la capacidad de escribir, publicar y disentir en absoluta libertad. Mientras el mundo despide a leyendas como Robert Duvall, cuya huella en el cine es imborrable, en México celebramos que la cultura sigue viva en nuestras calles, en nuestras pantallas y en nuestras librerías. Apostar por el arte es, en última instancia, apostar por lo mejor de nosotros mismos.
En tiempos de intensos debates políticos y retos económicos, la cultura emerge no solo como un espacio de entretenimiento, sino como el tejido que otorga identidad y sentido a nuestra sociedad. La reciente atención mediática hacia las letras y el cine demuestra que México sigue siendo una potencia creativa que sabe dialogar con su pasado mientras abraza la innovación tecnológica.
Es notable cómo la industria del entretenimiento nacional está logrando revitalizar obras fundamentales. El anuncio de los detalles finales sobre la nueva versión de Como agua para chocolate es un ejemplo de cómo nuestras historias fundamentales encuentran nuevos lenguajes para llegar a audiencias globales. Esta "cocción a fuego lento" de la calidad narrativa es lo que permite que el sello de lo hecho en México mantenga su prestigio internacional.
Asimismo, el ámbito de las artes visuales muestra una madurez institucional alentadora. Los acuerdos entre el INBAL y los coleccionistas privados para la gestión de obras de arte son una victoria para el ciudadano común: aseguran que el patrimonio artístico no quede aislado, sino que existan mecanismos claros para su conservación y eventual exhibición.
Incluso en la literatura, donde el libro de Julio Scherer ha provocado una "tormenta" de opiniones, lo que prevalece es la salud de nuestro ecosistema democrático: la capacidad de escribir, publicar y disentir en absoluta libertad. Mientras el mundo despide a leyendas como Robert Duvall, cuya huella en el cine es imborrable, en México celebramos que la cultura sigue viva en nuestras calles, en nuestras pantallas y en nuestras librerías. Apostar por el arte es, en última instancia, apostar por lo mejor de nosotros mismos.
Horizontes de Diálogo y Progreso
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| Dominique LeBlan, ministro canadiense y mexicano Marcelo Ebrad, secretario de Economía |
Horizontes de Diálogo y Progreso
Por: Juan Carlos Martínez Nava y Karl Novo
En el México de hoy, la crítica no debe ser vista como un obstáculo, sino como el combustible necesario para perfeccionar nuestra democracia. Recientemente, el escenario político se ha visto agitado por la publicación del libro Ni venganza ni perdón de Julio Scherer. Ante este panorama, la postura de la Presidencia ha sido ejemplarmente institucional: aunque ha decidido no leer la obra, ha subrayado que la libertad de expresión es un pilar inamovible de su administración. Este respeto por la pluralidad de voces, incluso las que resultan incómodas, es una señal de madurez política que fortalece nuestro tejido social.
En el ámbito económico, si bien analistas como Gerardo Esquivel proyectan un crecimiento del PIB del 1.6% para este 2026, la respuesta del gobierno no ha sido la pasividad. Al contrario, se está forjando una visión de largo plazo que trasciende las fronteras. La reciente noticia de que México y Canadá ampliarán su integración económica de manera independiente al T-MEC —enfocándose en minerales estratégicos, inversiones portuarias e infraestructura— abre una ventana de oportunidad sin precedentes. Este plan bilateral, liderado por la Secretaría de Economía, demuestra que el país no está en una "zona de confort", sino buscando activamente nuevas alianzas para asegurar la prosperidad de las próximas décadas.
Por otro lado, la seguridad, una de las demandas más sentidas de la población, ofrece cifras que invitan a la esperanza. La Ciudad de México ha reportado que enero de 2026 fue el mes más seguro en los últimos 11 años, con una reducción del 19% en delitos de alto impacto. El descenso de homicidios y el incremento del 92% en sentencias condenatorias no son solo estadísticas; son el reflejo de una estrategia coordinada que está recuperando la tranquilidad en las 16 alcaldías.
Incluso frente a retos como la contingencia ambiental o las protestas sociales legítimas, como la marcha programada por los desaparecidos, el gobierno mantiene los canales abiertos y las instituciones funcionando. El optimismo no nace de ignorar los problemas, sino de observar la capacidad de respuesta y la voluntad de mejorar. Hoy, México se perfila como un socio confiable en el exterior y un país que, paso a paso, fortalece su seguridad interna y su libertad de debate. Es en este equilibrio entre la autocrítica y la acción estratégica donde reside nuestra verdadera fuerza como nación.
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